A continuación se comparte íntegro el texto ganador del segundo lugar del Premio Estatal "Cambiemos el Cuento", en la categoría de 13 a 15 años. Con ilustración de Camila Arroyo Hernández


Hola, soy Esmeralda, tengo 14 años y asisto al tercer grado de secundaria junto con mi amigo Max; somos vecinos desde que me mudé a esta ciudad en 2008, cuando a mi mamá le dieron un nuevo proyecto en su revista de fotografía. Él es muy inteligente, tiene un promedio de 9.8, pero es muy malo en deportes y es un poco torpe, yo no subo de 8.5 pero creo que a mi mamá no le importa mucho, ya que pasa la mayor parte del tiempo viajando a largas y cortas distancias para tomar fotos de las culturas y los paisajes de distintas regiones.

Mientras ella hace todo eso, yo me quedo con la niñera en las tardes, aunque esa mujer de 65 años sólo me dice que por favor no incendie la casa, después de eso duerme, duerme y duerme. Me aburro un poco en las tardes, por eso me voy a la casa de mi amigo Max, allí hacemos la tarea y veo los experimentos que hace en su garaje. Su papá es ingeniero químico y su mamá es maestra, así que ninguno de los dos está en casa y Max se queda con su hermano mayor Antonio; Max dice que éste le hace mucho daño, pero no le creo porque su hermano es un ángel cuando estoy ahí.

En fin, se puede decir que mi vida es normal, pues tengo una mamá con trabajo, voy a la escuela en las mañanas, hago mi tarea, me alimento, etc… pero después de una peculiar tarde, vi mi vida completamente diferente. Fue el viernes de la semana pasada, llegué de la escuela y empecé a hacer la tarea sola porque Max estaba en su club de nerds hasta las 2.

Había un problema de matemáticas que me hizo dar vueltas la cabeza, era muy complicado; al ver la hora supe que Max ya debería estar en casa, así que fui a su garaje a buscarlo y pedir su apoyo. Al entrar, ahí lo vi con un matraz en la mano que contenía un líquido azul muy brillante, me quedé extrañada y le pregunté si ya había hecho lo de matemáticas, dijo que sí y me dijo que tomara sus notas para terminarla yo; tomé el cuaderno con las notas, pero aún así yo seguía muy intrigada, así que le pregunté:
—¿Y qué es esa cosa brillante y azul que tienes ahí? —a lo que él me respondió:

—Es mi líquido miniaturizador.

—¿Miniaturizador? ¿significa que transforma las cosas en minotauros? —Creí que mi amigo se había vuelto loco ¡eso era imposible! Y yo sólo le respondí con un ¡ah!, de inconformidad. Y para asegurarme de que no había perdido la razón, le pregunté cómo funcionaba, a lo que me dijo: —Observa. —Tomó una manzana y la colocó dentro de una bandeja de plástico. En mi mente me reí un poco porque ¡no sabía cómo él pensaba transformar una manzana en un minotauro! En fin, comenzó a verter el extraño líquido sobre la manzana y ésta liberó un gas de color morado, formando una pequeña nube a su alrededor, luego de eso, el humo se esparció hasta desaparecer y ambos nos acercamos a la bandeja.

La manzana no se había convertido en un minotauro, pero ¡se había encogido! La manzana era tan pequeña como la mano de una muñeca ¡era realmente impresionante! Max me vio asombrada y comenzó a explicarme cómo fue esto posible. Yo sólo lo escuchaba hablar acerca de moléculas, algunos elementos y un antídoto… después de oír eso último lo detuve.

—¿Antídoto? —él me miró con cara graciosa y dijo: —Sí, como te decía, no hay antídoto, es un estado temporal, así que entre más grande sea el objeto más tardará en recuperar su tamaño original. Esta manzana tarda 10 minutos en recuperar de nuevo su tamaño.

Me quedé impactada, creí que eso era imposible y me sorprende que Max no se lo hubiera derramado encima; levanté el matraz que tenía aún poco líquido, y al ver cuánto había usado en la manzana supuse que alcanzaba para otra dosis y se me ocurrió una idea:

—Oye, Max ¿no te gustaría saber cuánto tiempo tarda el efecto en un ser humano? —le dije mientras meneaba el matraz. Él se hizo para atrás y me dijo muy asustado:

—¡Esme, deja eso ahí! Si cae sobre nosotros, tardará tres horas en pasarse el efecto.
Y yo dije de manera retadora:
—¿Ah, sí? —y comencé a correr hacia él como si jugáramos a “la traes”, él corrió y empezó a gritar que me detuviera porque no sabía lo peligroso que era; al oír esto me detuve y mejor se lo di, muy apenada, me dio las gracias y avanzó hacia la pequeña mesa que estaba ahí. De repente tropezó y lo derramó todo. Sin pensarlo, fui a ayudarlo a levantarse y comencé a meter el líquido con las manos, sólo que olvidé que eso me convertiría en pequeña.
Max me vio y gritó:
—¡No lo toques con las manos! —Pero ya era demasiado tarde, la nube morada comenzó a expandirse por todo el garaje y yo estaba muy asustada sintiendo cómo la ropa me quedaba cada vez más y más grande, y en un abrir y cerrar de ojos vi a Max ¡que era más grande que el Monte Everest! Me vi las manos y comencé a gritar al mismo tiempo que Max lo hacía también.

—¿Qué sucedió? ¿Acaso me encogí? —le gritaba a Max, mientras me ocultaba en mis enormes trozos de tela y él caminaba en círculos aguantando las ganas de reír.

–¿Qué es tan gracioso? —le pregunté muy molesta, a lo que él me respondió:
—Tu voz es muy graciosa y te ves tan chiquita, aunque no tienes ropa.

Al decir eso, se cubrió los ojos rápidamente para no verme, entró a su casa unos minutos, cuando volvió me enrollé más entre mi ropa, me trajo un vestidito rosa muy voluminoso y un pequeño traje de ninja negro que se veía muy ajustado. —¿Cuál prefieres? —preguntó, y supuse que se refería a la pequeña ropita que me traía; señalé el traje de ninja, me lo entregó y se volteó rápidamente como todo un caballero para que yo pudiera vestirme. Terminé, y él me miró de nuevo. Yo me veía espectacular con ese traje negro aunque estaba muy extrañada de por qué él tenía esa ropa, vio mi expresión de curiosidad y me dijo un poco avergonzado:

—Son de mis figuras de acción, la princesa “Peach” del videojuego de Mario Bros y de “Amanda Jackson” del programa Supah Ninjas.

Yo le sonreí y me miré en el espejo que había del otro lado del garaje, de verdad me veía muy pequeña. Respiré profundo y le pregunté:
—¿Qué pasó? Sé que me encogí, pero ¿por qué?

Max se quedó pensando un poco y respondió:
—Supongo que fue porque tocaste el líquido con las manos.
Y sí, era cierto, eso fue lo que hice, qué torpe soy, ahora lo único que me preocupaba era que no volviera a crecer para cuando mi mamá llegara del trabajo.

—Así que… ¿sólo tendré que esperar tres horas para volver a mi tamaño normal? —pregunté y Max afirmó con la cabeza. —Genial, tendré que esperar más de 180 minutos para volver a la normalidad, ni siquiera las películas de Los Juegos del Hambre duran tanto.
¿Qué iba a hacer durante ese plazo? Mis dudas se desvanecieron al darme cuenta de que sólo tendría que sobrevivir, solté un grito enorme al ver cómo se me acercaba una araña gigante, con espeluznantes patas, ojos aterradores y filosos colmillos. Max me vio, entró corriendo a su casa después de decirme que no me moviera. ¿A dónde rayos me iba a mover? Esa cosa me alcanzaría en cualquier momento. Empecé a caminar hacia atrás lentamente cuando llegó Max con un vaso, una servilleta y lo que parecía ser un pequeño terrario, atrapó la araña en el vaso, la sostuvo con la servilleta y la colocó en el terrario, yo estaba recuperándome del susto y él me dijo:

—Es una araña de bolsillo, es impresionante, me alegra que la hayas encontrado, o bien, que ella te haya encontrado a ti, la voy a adoptar como mi mascota.

Se la llevó adentro y volvió luego, vimos el auto de mi mamá ¡al parecer volvió temprano! ¿Cómo pensaba explicarle que me había encogido? Le pedí a Max que escribiera una nota donde dijera que estaba en casa de mi amiga Paulina, y también le pedí que me dejara con la nota en mi casa a escondidas de mamá. Eso fue lo que hizo, me dejó en la puerta trasera y yo entré por debajo de la puerta, iba a pegar la nota en el refrigerador pero estaba demasiado alto, así que la dejé sobre el tapete interior de la casa donde mamá deja la llave después de entrar, ella leyó la nota y luego la tiró a la basura, después de eso, se quitó el saco y se dejó caer sobre el sillón como si se fuera a dormir, pero timbró su celular y contestó: —¿Bueno? Sí, voy para allá. No, gracias, está en casa de una de sus amigas. Ok, hasta mañana —y colgó, eso fue lo único que alcancé a escuchar.

Se volvió a levantar, fue por su sombrero negro, tomó su saco y volvió a salir, pero antes de que lo hiciera, logré sujetarme de un hilo colgante del saco y comencé a trepar hasta llegar al bolsillo; oí cómo se cerraba la puerta por detrás y cómo se abría la del auto, luego mamá arrojó el saco y el sombrero al asiento trasero; me salí del bolsillo, la vi conduciendo, cómo pestañeaba y retomaba el aliento para no quedarse dormida. Vi la hora, ya eran las 4:30 ¡sólo habían pasado 30 miserables minutos del tamaño de una hormiga! En fin, tendré que esperar otras dos horas y media. Sentí cuando el auto se detuvo, mamá abrió la puerta, tomó el saco y se lo puso, ya no alcancé a esconderme nuevamente en el bolsillo así que me subí al sombrero, luego ella lo colocó sobre su castaña cabellera y bajó del auto. Sentí algo de frío, mientras mamá avanzaba yo me tambaleaba, me acerqué a la pluma decorativa negra sobre el sombrero y con eso me sostuve; vi un poco de niebla, luego todo se aclaró y vi unas montañas, unas flores moradas y el sol ¡aquel paisaje se veía hermoso!
Luego de observar el panorama, mamá regresó al auto, abrió la cajuela y tomó su maletín azul, volvió al lugar desde donde se apreciaba el hermoso paisaje, se agachó y puso el maletín en el suelo para abrirlo. Ahí estaba su cámara, no era cualquier cámara, era una cámara profesional como la de los estudios fotográficos, era rosa con manchas color leopardo; era la cámara que papá y yo le regalamos cuando consiguió el empleo, no podía creer que aún la conservara, se volvió a levantar y tomó algunas fotografías. Yo nunca le había tomado mucha importancia al trabajo de mamá, pues creía que le pagaban sólo por tomar fotos sin sentido, incluso me molestó mucho que se perdiera mi séptimo cumpleaños para ir a tomar fotos en Miami. Fue a partir de ese momento que perdí más el interés por su trabajo y cuando me di cuenta de que no pensaba en mí.

Luego de tomar algunas fotos, el sol se movió de posición y ya no encuadraba, mamá siguió avanzando hasta llegar a una meseta desde donde se podía ver un lago con el reflejo de las montañas nevadas en él, volvió a tomar fotos, la oí suspirar y murmurar: —Ojalá mi niña estuviera viendo esto. —¡Sí estaba! Justo arriba de ella, quería gritar, pero eso la asustaría. Ella siguió avanzando y llegó a una cima muy elevada donde hacía mucho frío; allí, ella revisó el reloj y ya eran las 5, sólo faltaban dos horas para volver a mi tamaño normal, ella apuntó al cielo con la cámara y comenzó a tomar fotografías, miré y había una hermosa aurora boreal. Después, mamá giró la cabeza y vio un restaurante, oí cómo a mamá le rugía el estómago, así que bajó y antes de entrar, se colgó la cámara y revisó su cartera, la guardó y entró, ahí no hacía tanto frío como afuera, había mucho color y vida, mucha gente bailando y cantando; ella se sentó en la barra pidiendo un café con galletas pues era para lo que le alcanzaba, se las sirvieron de inmediato y el muchacho de la barra comenzó a conversar con ella.

—¿Está todo bien, señorita?—, mi mamá respondió un sí con un suspiro, luego ella dijo:

—Es mi hija, paso muy poco tiempo con ella y siento que cree que no me importa, pero pienso en ella cada momento, incluso con sus bajas calificaciones, la amo mucho y este trabajo es lo único que me ha ayudado a mantenerla. Es una chica muy agradable y hermosa, me gustaría que supiera que estoy con ella y que la amo con todo mi corazón.

Cuando dijo esto, sentí cómo se mojaban mis mejillas. Oh, por Dios ¿estaba llorando? ¡A mi mamá sí le importaba! Y su trabajo era muy especial porque con eso me mantenía, no lo podía creer, mamá se acabó su café y sus galletas, agradeció, pagó y salió. Volvimos al auto después de que guardara su cámara de nuevo, revisé la hora en el reloj del auto ¡ya eran las 6! Faltaba una hora para que el efecto se pasara, comenzó a conducir y deseé que ya volviéramos a casa.

Al parecer ella tomó un atajo, pues en menos de cinco minutos ya estábamos ahí; se bajó, entró, se quitó saco y sombrero y los dejó en el sillón y se fue a dormir. Reflexioné un poco sobre aquéllo y decidí volver con Max para que fuera allí donde recuperara mi tamaño, sólo que había un pequeño detalle: ¡El suelo estaba como a 100 metros del sillón! No tenía ni idea de cómo bajar, busqué en el saco de mamá algo que me ayudara y observé algo al otro lado, por suerte había dejado el hilo dental allí la semana pasada, ya que olvidé dejarlo en su lugar después de pincharme con el clavo que se salió del sillón. Me acerqué, tomé una gran tira de hilo, lo amarré al clavo y comencé a descender.

Una vez en el piso, salí de mi casa por debajo de la puerta otra vez y caminé hasta la casa de Max ¡jamás había caminado tanto! Y eso que es la casa de enseguida, inclusive una vez nos subimos al techo de mi casa y estuvimos saltando de techo a techo; al fin llegué y el garaje estaba abierto como siempre, me volví a escabullir por debajo de su puerta. Cuando logré entrar, estaba junto a la puerta el terrario con la araña dentro, iba a gritar, pero me cubrí la boca y grité en silencio; la vi encerrada así que comencé a reír.

—¡Já! estás encerrada, ya no me das miedo. ­—Luego emitió un sonido y salté hacia atrás y seguí caminando. Allí estaba Max en la mesa, leyendo algo en su computadora, estuve gritando para llamar su atención pero al parecer no funcionó, oí unos pasos, supuse que era su hermano Antonio, así que me escondí detrás de una de las patas de la mesa y lo vi entrar al comedor. Cuando llegó empujo la cabeza de Max hacía adelante muy bruscamente.

—¿Qué haces, insecto? —le preguntó Antonio.
—Estudiando, y espero que no me molestes mientras lo hago —respondió Max con decisión, y Antonio le dijo: —¿Qué no te moleste? ¿Después de lo que me hiciste?
Max respondió muy enojado:
—!¿Ahora qué te hice?! —Antonio lo miró con mucho odio.
—¡Me quitaste todo! Desde que naciste mamá y papá sólo te quieren a ti, incluso mi novia prefirió hablar contigo sobre ciencia.

Me sorprendí, pues nunca creí que Antonio fuera así, Max se aguantó las ganas de llorar y le respondió con la voz quebrada:

—No es mi culpa! Yo nunca deseé ser tu hermano, tú sabes que mamá y papá nos quieren por igual.
Antonio se llenó aún más de rabia y le gritó: —¡Eso no es verdad! —y jaló la silla de Max, éste cayó al suelo y Antonio se retiró muy enojado, pero conforme a su habitación. Max comenzó a llorar en silencio sentado sobre el piso, yo me acerqué antes de que se levantara, para no batallar en hacerme oír, me miró, se secó las lágrimas y me tomó en sus manos.

—Hola, ¿qué haces aquí? —Él sabía exactamente lo que hacía allí, pero quiso distraerme después de lo que pasó, revisó su reloj calculadora. –Ya pasaron 2 horas con 55 minutos, en cualquier momento volverás a tu tamaño normal. —Lo miré, esperaba que mi rostro le expresara preocupación, pero al ver mi diminuta cara me dijo:
—No sé si estás preocupada o constipada, —me reí un poco— así es él, me culpa de haber nacido, mi hermano me odia.
Se levantó del piso conmigo en las manos y salió al garaje bajándome delicadamente, luego entró rápido por mi ropa, me intentó acomodar dentro para que cuando creciera todas mis extremidades entraran perfectamente; sonó su reloj marcando las 7 en punto y apareció la nube morada de nuevo, sentí cómo la ropa de ninja se rompía y cómo iba entrando en la otra. La nube desapareció, en cuanto eso pasó, corrí y abracé a Max muy fuerte y le dije que lo sentía, él me respondió que no pasaba nada porque están sus papás para defenderlo, cuando lo solté le dije que conmigo contaba también, hubo un incómodo silencio, luego dijo:

—¿Y bien? ¿Qué te pareció ser una miniatura? —hice una cara de asco y dije:

–Casi me come una araña, ¿tú qué crees? —sólo se rió, luego le dije: —Oye, Max, quisiera quedarme un rato más contigo, pero tengo asuntos qué resolver —me despedí y volví a mi casa, me asomé a la habitación de mi mamá, ella seguía profundamente dormida y puse manos a la obra, tenía la gran esperanza de que le gustara lo que iba a hacer.

Tardé horas. Cuando ya estaba todo listo, fui y desperté a mi mamá delicadamente, se levantó un poco atolondrada, me preguntó un poco asustada si estaba todo bien.
—Sólo sígueme —le dije suavemente; salimos de la casa y la llevé al parque de la colonia. Mamá estaba algo confundida, pero cuando vio lo que había en el parque, casi se puso a llorar; había un picnic hecho a mano, había sándwiches, una ensalada, una limonada y un postre de fresas con granola y yogurt. Estaba todo muy lindo sobre una manta de cuadros verdes y blancos porque no tenía de cuadros rojos, como los picnics en las películas. En fin, mi mamá me preguntó por qué y yo le respondí:

—Me di cuenta de todo lo que has hecho por mí y no te lo he agradecido como debe de ser, así que preparé esto, es algo sencillo, pero lo hice con mucho esfuerzo.
Me abrazó, me dio las gracias y comenzamos con nuestro picnic.
Jamás me había divertido tanto con mi mamá, ¡estuvimos varias horas! Recogimos y volvimos a casa, ella me lo agradeció una vez más y nos fuimos a dormir. Reflexioné un poco sobre todo lo que viví ese día y me di cuenta de que todo cambia al ver desde otro punto de vista. Al día siguiente, fui a la escuela y al regresar a casa, me fui a la casa de Max, quería disculparme por no haberle creído lo de su hermano mayor, creo que me ignoró un poco, porque él estaba inventando algo, ahora era algo verde.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Es un aumentador de tamaño —Yo sólo puse los ojos en blanco y dije: —¡Ay, no!

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