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Opinión

Cecilia Soto

Excelsior

29 de marzo · 02:51pm


Entre los conocedores en materia energética hay lamentos altos y agudos, desplegados, protestas y prontas impugnaciones a la Ley Eléctrica. El gobierno federal estaba advertido y sabía que eso sucedería. Por su parte, la oposición a esas reformas sabía que cuando sólo se requiere mayoría simple, Morena aplica lo que aprendió a fuerza de oponerse a ello: el mayoriteo, la aplanadora, la máxima de “el poder se ejerce, si no para qué es”, el ejemplo favorito de su inspiración: el partido casi único. No importan razones, cifras, testimonios de expertos, cartas de parlamentarios americanos, los compromisos del Acuerdo de París, etcétera. Lo importante es demostrar fidelidad total, canina, a los deseos del Ejecutivo. También se sabía en Palacio Nacional que la ley sería impugnada, cuestionada en su constitucionalidad, en su congruencia con lo firmado en el T-MEC. Un poco de teatro desde la mañanera: “No ha pasado un día desde que se publicó en el DOF y ya hay una suspensión”. Como se sabe, también desde ahora, del alud de amparos, juicios, etcétera, que sobrevendrá a la iniciativa de Ley de Hidrocarburos en cuanto ésta sea —con toda seguridad— aprobada.

Ambas leyes no pasarán la prueba de los tribunales. Con todo y la simpatía que el nuevo gobierno tiene entre algunos ministros de la Suprema Corte, atreverse a dar por buenas leyes que, a la letra y en espíritu, contradicen explícitamente el texto constitucional es demasiado arriesgado. Demasiado parecido a Venezuela y al Perú de Fujimori. ¿Por qué desgastarse de esa manera? ¿Por qué arriesgarse a confrontarse aún más con el empresariado? ¿Por qué alentar la fuga de capitales, tanto nacionales como extranjeros? ¿Por qué desalentar la inversión privada, que está en su mínimo?

Ninguna de estas interrogantes representa un reto difícil de elucidar. Hay un patrón de repetición coherente y fácil de identificar. Aburrido y predecible. El Presidente no puede dejar de pelear. No puede acostumbrarse a ser eso: Presidente. Presidente que debería presidir el saludable y a veces caótico barullo de la joven democracia mexicana. Presidente que —pese a sus preferencias— podría recordar y practicar que lo es de todos los mexicanos y no sólo de quienes lo eligieron. No. Pelear, combatir, confrontar, descalificar, provocar se han convertido en parte de un reflejo condicionado. Si no hay enemigos y poderosas conspiraciones, no hay épica, no hay relato histórico que pueda incluirse en los libros de texto gratuito del futuro. ¿Qué relator y novelista podría inspirarse en largas reuniones de planeación para distribuir eficaz e igualitariamente una vacuna salvadora? ¿Qué émulo de Cervantes podría encontrar emoción e inspiración en el análisis de los fideicomisos, sus complicados reglamentos, las cifras de cada uno de ellos, los convenios firmados, las comprobaciones de sus erogaciones? Hay que inventar los molinos de viento. Hay que pelear con artistas, científicos, presidentes municipales. Para quien vive su día a día pensando en que “la historia me juzgará”, se requieren poderosos enemigos que justifiquen el relato heroico. San Jorge contra el dragón en su versión moderna: las trasnacionales extranjeras.

¿Por qué pelearse con el emergente y potente movimiento de mujeres, pese a la simpatía que éste goza entre algunas militantes de su propio partido? ¿Con los abogados? ¿Con los jueces? Para dar credibilidad a la épica gloriosa, importante para acallar dudas de quienes votarán el 6 de junio.

El constante recurrir a la confrontación sirve a dos propósitos: el primero, satisfacer el propio relato interno de que se vive un momento de trascendencia histórica, acechado por poderosos enemigos a los que, en un futuro cercano, se vencerá. Y el segundo, justificar los pobres resultados en gran parte de los parámetros con los que se mide a un gobierno y más a uno que se considera a sí mismo progresista. El onceavo país en población en el mundo, pero el tercero con más mortandad por covid. El primero en el planeta con más personal del sector salud víctimas fatales de la epidemia. Reversión de la modesta, pero persistente reducción de la pobreza alimentaria, pues ahora ésta aumentó en 3 puntos porcentuales. Según Coneval, 4 de cada 10 mexicanos no pueden cubrir 70% de la canasta básica; empequeñecimiento de la clase media, pues 13 millones son ahora nuevos pobres, millones de empleos perdidos tanto en el empleo formal (dos millones) como del informal (10 millones), cierres de cientos de miles de empresas. Con el orgullo de ser el único país cuyo gobierno no ayudó a empresas ni a la clase media, las cifras mexicanas son descorazonadoras. La responsabilidad no será del gobierno, sino de los poderosos enemigos que se inventan en Palacio Nacional.

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