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Una herida que no cierra


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Opinión

Cecilia Soto

Excelsior

22 de febrero · 08:44am


No recuerdo si fue a los 25 o a los 30 años de casada cuando me atreví a contarle a mi esposo lo que me sucedió en uno de mis primeros viajes en avión. Tenía 11 años. Viajábamos solos los tres hermanos; habíamos quedado huérfanos hacía unos meses. Era diciembre, recuerdo bien, íbamos a pasar la Navidad a Hermosillo. Yo viajaba entre mi hermana mayor, que ganó la ventana, y un hombre joven y alto, como de unos 30 años. Todavía no entiendo por qué mi hermanito no se sentó con nosotras. Recuerdo bien: las niñas en ese entonces usábamos casi siempre faldas y vestidos. Estaba durmiendo, cubierta con una cobija de las que dan en los aviones, cuando sentí los dedos del hombre en mis muslos. Quedé paralizada. ¿Qué hacer? Ni siquiera me pasó por la mente gritar o pedir ayuda: hay que respetar a los adultos. Los dedos avanzaban despacio y con cuidado y cuando intentaron tocar mi calzón, fingí despertar. La mano se alejó rápidamente. Cuando paramos en Guadalajara y se levantó, le pregunté, ¿es usted médico? No, soy ingeniero, respondió.

No pasó nada más, pero el mundo se volvió aún más incomprensible y caótico de lo que ya era. ¿Por qué se mueren los papás de unos niños que los adoran y necesitan? ¿Por qué a una niña que viaja sin sus padres, un ingeniero le hace tocamientos indecentes? ¿Así será desde ahora? El desamparo que propicia el abuso. Yo todavía creía en Santaclós y mi canción favorita del coro de la escuela de monjas era Bendita sea tu pureza, cantada a dos voces, con hermosos agudos. ¿Será que yo era menos pura? El recuerdo quedó ahí como una mácula imposible de limpiar, imposible de compartir con nadie.

Muchos años después y al intervenir como legisladora local en un caso brutal de mutilación y violación a una joven que conocía, usé el argumento que el feminismo nos enseñó: No, tú no eres la culpable y menos la responsable. Nada en ti ha desmerecido. Has enfrentado y sobrevivido a un ataque de violencia inaudita. Denuncia para que no pueda seguir haciendo daño. Poco después, pude hablar con mi esposo, un hombre liberal, inteligente, sin telarañas. Hablarlo fue liberador.

¿Por qué no denuncian las mujeres víctimas de acoso sexual o, peor aún, de violación? ¿Por qué —según el relato de la primera víctima de Félix Salgado Macedonio— éste la podía chantajear con la amenaza de contarle a su esposo que la violaba? Porque la violación es al cuerpo y a la mente, al sentido de identidad más profundo. Aun cuando milagrosamente la mujer no se victimice, aun cuando se resista a internalizar el mensaje del violador: puta, basura, hago contigo lo que quiero, ya no sirves, sucia, etcétera, denunciar es revivir la tortura. ¿Y el esposo, la familia? Ellos también son, de alguna manera indirecta, víctimas. A veces ellas callan para evitar más violencia, incluso asesinatos. Una violación puede provocar depresión, suicidio, miedo permanente, dificultades para tener una vida sexual plena. Puede transmitir enfermedades sexuales, puede resultar en embarazo o, en casos especialmente violentos o con menores, causar infertilidad. Es una herida que no cierra.

Como bien dice Alma Delia Murillo, en su impecable texto “Fuenteovejuna y el candidato” (05/02): ¿puede prescribir un delito cuando la víctima aún sufre? ¿Pueden aplicarse criterios jurídicos inflexibles cuando éstos sirven para evadir la justicia? ¿Puede justificarse la candidatura de un barbaján (no sólo con las mujeres) por razones de cálculo político?

La insistencia en mantener la candidatura de Félix Salgado Macedonio, la trivialización del sufrimiento de las mujeres con el ¡ya chole! lanzado desde Palacio Nacional es la muestra más escandalosa de falta de empatía con el 52% de la población. El mensaje es claro y directo, explícito: mujer, no me importa lo que te pase, ni que te ofendan ni que te maltraten, rompan y violenten. Me importa más que llegue mi camarada a levantar el voto. Ése es el pacto.

La irrupción del #MeToo, el #NiUnaMás y el potente movimiento feminista en el mundo y en México es el mensaje de una generación que ha abandonado el silencio y la victimización que me calló por tantos años. Callar a ellas les parece escandaloso, incomprensible y hubieran armado un escándalo en el avión y mandado al ingeniero ése a la cárcel, como lo han hecho con tantas figuras de la farándula, de la política y de los negocios dedicados a abusar de jovencitas; siempre impunes, festejando sus conquistas, siempre seguros de que su posición de poder y dinero los salvaría de cualquier encuentro incómodo con la justicia.

Ya no. Nunca más.

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