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Celebrar las derrotas


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Opinión

Pascal Beltrán del Río

Excelsior

12 de febrero · 08:15am


La historia de México está plagada de episodios ominosos: la caída de Tenochtitlan, el fusilamiento de los héroes de la Independencia y el asesinato a traición de los personajes de la Revolución.

Al menos la mitad de los nombres que los niños se aprenden en las clases de historia es de personas que murieron violentamente: Cuauhtémoc, Hidalgo, Allende, Morelos, Madero, Zapata, Villa, Carranza, Obregón...

Yo hubiera preferido que las conmemoraciones de este año estuviesen centradas en los logros que hemos tenido como país o que, al menos, tuviesen un propósito de introspección, pero evidentemente se ha optado por volver hacer el recorrido de las derrotas que hizo tan famosas el muralismo del siglo pasado.

Por eso no debe sorprender que la primera efeméride que se eligió para este programa sea la ejecución de Vicente Guerrero, el 14 de febrero de 1831, en Cuilápam, Oaxaca.

Me pregunto por qué no se optó por comenzar ese ciclo con el Abrazo de Acatempan, episodio que, más allá de que sea real o ficticio, representa la voluntad de dos hombres –Iturbide y el propio Guerrero–por dejar a un lado sus diferencias y ambiciones en aras de un proyecto de nación.

Hubiese sido natural que un Presidente interesado en la historia mencionara que en este mes se cumplen dos siglos de aquel hecho, que dio pie al nacimiento del México independiente.

Hubiese sido una oportunidad de hablar sobre cómo el país se ha nutrido históricamente de distintas formas de pensar y que cuando se ha puesto el acento en lograr acuerdos para conseguir el bien superior, se ha podido dejar atrás el encono.

Hubiese sido también un buen momento para hacerlo, pues los mexicanos enfrentamos hoy a uno de nuestros más formidables enemigos –una pandemia que ha dejado decenas de miles de muertos– y ante el cual mucho necesitaríamos de unión, una de las tres palabras que el sastre José Magdaleno Ocampo zurció sobre la bandera con la que el Ejército Trigarante entró en la Ciudad de México, el 27 de septiembre de 1821, poniendo fin a 300 años de colonia.

Pero, de haberlo hecho, Andrés Manuel López Obrador habría tenido que celebrar la unidad de lo diverso en favor del interés común, cuando su agenda política ha sido otra: la polarización.

Así que nos quedamos sólo con Guerrero como motivo de la primera conmemoración de este año, a realizarse el próximo domingo.

Se trata, sin duda, de un brillante estratega militar, que mantuvo viva la insurgencia en la Sierra del Sur, mientras otros líderes aceptaban la amnistía, y un político que se mostró pragmático en su relación epistolar con Iturbide para lograr la Independencia.

Pero Guerrero fue también el hombre que provocó la primera ruptura de la institucionalidad de la incipiente República, con su desconocimiento de la elección presidencial de 1828, cosa que inauguró una etapa de inestabilidad política que duraría varias décadas y acabaría costando al país mil penurias, entre ellas la pérdida de la mitad de su territorio.

A partir del Motín de la Acordada, México vivió una lucha interminable de facciones. Entre 1828 y 1876, el país tuvo una treintena de presidentes y casi medio centenar de cambios de mando, lo cual no terminó hasta que Porfirio Díaz implantó una dictadura que duraría más de tres décadas.

Dos mil veintiuno será, pues, un año para celebrar nuestras derrotas –por más contradictoria que suene esa idea–, en vez de buscar en la historia, pero, sobre todo, en el presente, motivos para enorgullecernos de nuestros logros y encontrar consensos para avanzar. Un año para echar sal en viejas heridas y recrear las diferencias, en lugar de buscar que cicatricen y sacar alguna enseñanza de ellas.

En agosto del año pasado vi el documental El lugar de las tres cascadas. Pequeñas historias de Hiroshima, que transmitió TV UNAM con motivo de los 75 años del lanzamiento de la bomba atómica sobre esa ciudad japonesa. El espléndido trabajo del fotógrafo y cineasta yucateco Mauricio Novelo me transmitió claramente la idea de que los japoneses no recuerdan ese terrible hecho, año tras año, para rumiar un rencor contra los estadunidenses, sino para aprender de sí mismos. Eso es para lo que debiera servir la historia.

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