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Cultura: la más potente nave espacial


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Opinión

Cecilia Soto

Excelsior

23 de agosto · 11:27am


Que México es una potencia exportadora. Sí y no. Lo es por sus cifras espectaculares de exportaciones manufactureras y agropecuarias. Pero su vigor exportador depende de su vecindad con Estados Unidos y de la salud económica del vecino. No es una fortaleza autónoma, aunque hay un gran mérito en haberla desarrollado. No sucede así con la cultura: nuestro país es una potencia cultural por sí mismo. Es una potencia a pesar de este gobierno y a pesar de los anteriores y —me aventuro— lo será a pesar de los que vienen. País de 62 lenguas y el mayor hablante del hermoso español de Cervantes, de culturas milenarias y de vanguardias contemporáneas en todas las artes, de guisos excelsos, de bordados y textiles deslumbrantes, de cerámicas que transforman arenas y barros en obras disputadas por galerías y museos, de arquitecturas que alimentan el alma del más humilde de los ciudadanos de belleza. Ese tesoro infinito material e inmaterial es la mayor herramienta de nuestra diplomacia. O lo debería ser.

Cada gobierno sexenal es apenas un instante en la historia de siglos de nuestro país. Pedirles a los diplomáticos mexicanos que deban de coincidir con los postulados del actual gobierno —o de otro— es pensar chiquito. Tienen una nave espacial para surcar los cielos y les piden que vayan en patín del diablo. Ya se ha dicho: la diplomacia representa al Estado mexicano y, claro, también al gobierno en turno. Cuando no haya ninguna coincidencia, lo mejor es dar un paso atrás. Cuando haya algunas o el sentido del deber llame a potenciar los enormes activos de la experiencia diplomática y cultural mexicanas, hay que hacerlo con entusiasmo y compromiso…con México.

Tuve la suerte de contar, durante mi experiencia como embajadora de México en Brasil, con dos cuadros culturales fuera de lo común. El inolvidable artista plástico Felipe Ehrenberg (1943-2017) como agregado cultural, y el estupendo productor de cine Jorge Sánchez Sosa, como cónsul en Río de Janeiro. Ambos experimentados promotores culturales propuestos por el entonces canciller Jorge Castañeda, que delineó y exigió una estrategia cultural definida. Aunque, por pudor, no se los pregunté, estoy segura de que ninguno de los dos votó por Vicente Fox. Los dos, bien alineados hacia la izquierda. Yo tampoco voté por Fox; lo hice por Gilberto Rincón Gallardo. Felipe aprovechó bien los circuitos culturales y exposiciones itinerantes que mandaba la SRE con las cartas clásicas de la cultura mexicana. Pero llevó el arte joven (y no tanto) contestatario de los grafiteros, de los muralistas de barrio, de los performanceros, el rock más estridente e innovador, los y las artistas plásticas más disruptivas. Sí, México es Frida y Diego, pero ni empieza ni termina ahí.

Con Jorge Sánchez no sólo se llenaron las salas y festivales brasileños de cine mexicano y aumentaron las coproducciones entre ambos países, sino que, con ojo de catador de las mejores políticas públicas, trajo para México la experiencia de la Ley Rouanet y de la Ley del Audiovisual, de renuncia fiscal para financiar el arte, que devino en el artículo 226 de la Ley del Impuesto sobre la Renta, lo que permitió que creciera casi exponencialmente el número de películas producidas en México. Hoy esa experiencia ha sido bien aprovechada por entidades federativas como Chihuahua.

De la experiencia de estos dos incansables promotores culturales me permito extraer dos lecciones:

1.- Sólo en circunstancias extraordinarias ha habido suficientes recursos para la promoción cultural. Recuérdese las grandes exposiciones promovidas durante el cabildeo del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Pero, en general, no hay suficiente apoyo a la cultura, tendencia que se acentúa en este gobierno que reverencia la austeridad y ve con desdén a artistas y científicos. Por ello, el o la agregado/a cultural preferiblemente debe tener experiencia como promotor cultural o contar con el respeto y simpatía de una o varias de las comunidades artísticas. Ello multiplicará con creces los pocos recursos presupuestados.

2. La iniciativa privada debe y puede contribuir significativamente a la promoción cultural en aquellos países donde tiene inversiones significativas o donde las quiere tener. Esa promoción la hace casi siempre el o la titular de la embajada. Por ello es fundamental que el o la agregada cultural sepa trabajar coordinadamente con sus superiores. El trabajo diplomático es uno de equipos, muchas veces esparcidos por el mundo. Las organizaciones no gubernamentales son nuevas protagonistas y saben que el acceso a la cultura es indispensable en el camino a la formación de comunidades vibrantes y en paz. Ser puente confiable entre las sociedades civiles de ambos países es otra habilidad esencial.

Te dan a manejar el más potente instrumento de acercamiento y cordialidad ante el país que te recibe; el sentido común enseña que debes saber, por lo menos, cómo encenderlo y manejarlo.

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