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Opinión

Pascal Beltrán del Río

Excelsior

30 de agosto · 09:12am


El nombre de Nelson Mandela ha sido mencionado en días recientes en la política mexicana.

Sin embargo, me temo que la imagen que ha emergido de él, en medio del proceso abierto contra Ricardo Anaya y los bloqueos que experimentó el presidente Andrés Manuel López Obrador en Chiapas, poco tienen que ver con las cualidades por las que se hizo famoso el fallecido presidente sudafricano.

La historia registra, desde luego, que Mandela salió de prisión en febrero de 1990 —luego de 27 años— y en mayo de 1994 estaba tomando posesión del cargo de mayor importancia en su país. Pero lo que parece olvidarse es la transformación de carácter que él experimentó durante su largo encarcelamiento, mismo que le permitió conocer y estudiar a su enemigo y, eventualmente, entenderlo y reconciliarse con él.

Si Mandela es recordado por algo es, sobre todo, por liderar a los sudafricanos negros en un proceso de sanar heridas y permitir la unidad de lo diverso. En su primer discurso, luego de ser liberado, ante 200 mil personas en Durban, Mandela dio la mano al líder de Inkatha, la facción rival de su Congreso Nacional Africano, y urgió a quienes seguían apostando por la lucha armada a cambiar esa visión. “Esta guerra debe terminar ahora”, les dijo. “Condenamos la violencia como manera de resolver las diferencias. Así que tomen sus armas, sus cuchillos y sus machetes y láncenlos al mar”.

Durante su presidencia, Mandela llevó su mensaje de paz y reconciliación al plano personal. En su primer día en el cargo convenció a John Reinders, jefe de protocolo de los dos últimos presidentes del régimen del Apartheid, Pieter Botha y Frederik de Klerk, a quedarse a trabajar con él. “No se vaya”, le dijo, mientras aquél empacaba sus artículos de oficina. “Nosotros venimos de los matorrales, no sabemos mucho de cómo manejar un gobierno, necesitamos a gente como usted”.

Cuando el periodista John Carlin, quien ha contado esa historia, preguntó al arzobispo Desmond Tutu cuál era la principal cualidad de Mandela, el Nobel de la Paz 1984 y presidente de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación no dudó en responder: su magnanimidad.

Para conocer a su enemigo, Mandela aprendió en prisión la lengua de los afrikáner y estudió su historia. Durante el resto de su vida fue gran amigo de Christo Brand, su carcelero en la prisión de Robben Island, donde estuvo 18 años. Por eso, ya como presidente, pudo entender que la pretensión de los nuevos funcionarios negros de quitar el nombre de Springboks al equipo nacional de rugby era una afrenta a la población blanca y convenció al comité del deporte de abandonar esa decisión.

Pero hubo cosas que ni siquiera él, el último gran líder mundial del siglo XX, alcanzó a hacer, como lograr, mediante su ejemplo, que los sudafricanos abdicaran de la corrupción.

Tampoco, que sus sucesores dejaran a un lado las luchas facciosas. Desde su partida del poder y, especialmente, desde su muerte, los seguidores de los expresidentes Thabo Mbeki y Jacob Zuma se han liado en una confrontación que ha puesto en entredicho todos los logros que Sudáfrica tuvo de la mano de Nelson Mandela. Y es que, finalmente, los líderes son hombres de carne y hueso. Su mejor legado son las instituciones, cuyo cuidado debiera ser prioridad de todo político.

Ah, y antes de hablar de Mandela, habría que conocer su historia.

BUSCAPIÉS

La tranquilidad del parque Xicoténcatl, en Coyoacán, es perturbada súbitamente por el ruido de maquinaria pesada. Cuando los vecinos se dieron cuenta de que se iba a afectar la belleza y quietud de un espacio de más 80 años de antigüedad, para construir una sucursal del Banco del Bienestar, surgió un movimiento de protesta vecinal que podría obligar a la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, a meter reversa. El fin de semana dijo que la decisión sería revisada. Lo que tiene ella que repensar, seriamente, es esa prontitud irreflexiva para hacer cualquier cosa que le manden desde Palacio Nacional y dejar de justificarla con frases arrogantes.

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